De ritual sagrado a tabú de pasillo: la historia oculta de la sexualidad
Equipo CULPA · 10 de agosto de 2026 · 7 min de lectura

Hablar abiertamente de placer, fantasías o curiosidades en la habitación es, para muchos, un hábito reciente; cosas que poco se dicen porque "qué pena". Sin embargo, si revisamos la historia, la vergüenza alrededor del cuerpo (algunos la llaman pudor, o un exceso de este) no es una condición natural del ser humano: fue un invento cultural que tardó siglos en consolidarse y adoptarse.
Antes de que las normas sociales establecieran qué se podía decir y qué debía mantenerse de ropas y labios para adentro, las culturas originarias de Latinoamérica y Colombia tenían una relación totalmente distinta con la sexualidad.
1. El origen olvidado: cuando el placer no necesitaba escondite
Mucho antes de la llegada de las órdenes religiosas y las leyes de moral pública, las gentes prehispánicas no veían la sexualidad como un tema sucio, cochino o prohibido. Para comunidades como la Tumaco-La Tolita (en el pacífico colombiano y ecuatoriano), los Muiscas o la cultura Mochica en el Perú, el erotismo estaba integrado a la vida cotidiana, a la fertilidad de la tierra y a la espiritualidad.
Las excavaciones arqueológicas en la región pacífica colombiana han revelado esculturas de arcilla y orfebrería con escenas explícitas de exploración corporal y diversas posturas de acoplamiento. No eran piezas clandestinas ni "pornografía" antigua: eran figuras ceremoniales que alababan la energía vital.
El verdadero tabú nació cuando los españoles y la Inquisición desembarcaron en el continente. Al encontrarse con estas representaciones, las declararon "pecaminosas" y ordenaron su destrucción masiva o su ocultamiento en bóvedas cerradas. Durante siglos, el arte erótico indígena permaneció sepultado bajo el rótulo de lo prohibido.
2. La era del pudor sabanero y el secreto de confesionario
A partir del periodo colonial y durante el siglo XIX, la sociedad colombiana (especialmente en el interior y en ciudades como Bogotá) desarrolló una cultura de extrema reserva. El cuerpo pasó a ser un territorio de estricto uso para la procreación; para todo lo demás, mejor de guardar.
En la Bogotá de finales del siglo XIX y principios del XX, las conversaciones sobre el deseo estaban desterradas de la mesa. El pudor se convirtió en un símbolo de estatus social y elegancia. La intimidad pasó a vivirse en un silencio absoluto, donde cualquier manifestación de curiosidad o búsqueda de placer fuera de la norma era catalogada como una desviación o una falta de educación.
Paradójicamente, mientras la moral pública exigía una sobriedad impecable, en la privacidad florecían los catálogos clandestinos, la literatura de contrabando y las visitas nocturnas a zonas reservadas de la ciudad. Así se fue tejiendo esa dualidad tan nuestra entre lo que se profesa en público y lo que se busca a puerta cerrada.
3. La "histeria" médica: cuando el orgasmo era una receta
En medio de esta época de silencios, la medicina victoriana que llegó a Colombia a finales del siglo XIX trajo una de las anécdotas más curiosas de la historia de la sexualidad.
Durante décadas, las mujeres que presentaban ansiedad, insomnio, irritabilidad o cambios de ánimo eran diagnosticadas con "histeria femenina". El tratamiento prescrito no consistía en terapia ni medicamentos, sino en un masaje pélvico realizado por el médico en el consultorio hasta alcanzar lo que llamaban el "paroxismo histérico" (el término clínico que usaban para no pronunciar la palabra orgasmo).
El procedimiento resultaba tan agotador para las manos de los médicos que, en la década de 1880, el británico Joseph Mortimer Granville inventó el primer vibrador electromecánico. Concebido como una herramienta médica de uso hospitalario, tardó apenas un par de décadas en dar el salto a las revistas de venta por correo y al ámbito privado. Nunca imaginó que su invento hoy podría llevarse en el bolsillo e incluso controlarse desde una aplicación.
4. La paradoja
Hoy Colombia vive un fenómeno fascinante. A pesar de heredar una tradición conservadora, las estadísticas muestran que es uno de los mercados de mayor crecimiento en consumo de bienestar íntimo, exploración de juguetes y búsqueda de información sobre sexualidad consciente.
La transición ha sido clara: hemos pasado de la culpa heredada a la curiosidad informada. La gente ya no busca romper tabúes por rebeldía o morbo, sino por una razón más simple y adulta: porque conocer el propio cuerpo (y el de la pareja) es un componente esencial de una vida plena y equilibrada.
Recuperar la soltura sin perder la elegancia
El tabú solo prospera en la ignorancia y en la falta de conversación. Cuando se entiende de dónde vienen los prejuicios y cómo fueron moldeados por la historia, resulta mucho más fácil desprenderse de vergüenzas ajenas.
Hablar con soltura, explorar con naturalidad y entender el placer como un espacio de juego y descanso no es una moda: es, en realidad, un retorno a lo más natural de nuestro propio ser.
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